Somos optimistas. Estamos convencidos de que te vas a comprar el libro, de que te vas a divertir (te vas a ver reflejado en más de una situación) y de que vas a querer formar parte del Kama Sutra Management.
En este libro te demostramos que echándole un poco de imaginación tú también puedes crear tus propias posturas para sobrevivir en la empresa.
Comparte con nosotros las anécdotas más divertidas que te han ocurrido en tu empresa. Envíanos esas anécdotas a este blog y las convertiremos en posturas placenteras. Anímate.
Pincha en ‘Responder’ a esta página (en el margen superior derecho) o envíanos un correo electrónico a kamasutraenlaempresa@gmail.com (si eres un usuario 1.0…).

Jaime 2:37 pm el noviembre 25, 2009 Permalink |
Os propongo la postura del ventrílocuo o la de la mal@ de Mazinger Z (que tenía dos caras): Una vez tuve la suerte de que me entrevistaran (por mi pasado ‘artístico’) en un programa musical de radio que se emitía en Cádiz. Acudí al estudio y, minutos antes de la entrevista en antena, estuvimos compartiendo charla amistosa el presentador y yo. Era un tipo ‘mu rezalao’ como dirían los gaditanos. Sin herir los sentimientos nacionalistas de nadie, el locutor tenía un acento tan ‘zerrao’… vamos, tan ‘zuyo’ que había ‘cozaz’ de la ‘converzazión’ que no pillaba porque no las entendía. Recuerdo que su compañero de control de sonido le dio la entrada, porque el programa estaba en el aire, y cuál fue mi sorpresa cuando oí que el mismo gaditano ‘zerrao-zerrao’ conseguía que su voz sonara, por lo menos, a la de Constantino Romero en sus mejores momentos. Toda una sorpresa para mí y mucha risa, en el momento en que tuve que hablar en la radio.
Rafael & Fernando 2:53 pm el noviembre 25, 2009 Permalink |
Hola, Jaime:
También se podría llamar el misterio de la voz engolada… aunque la mala de Mazinger Z, en realidad el hermafrodita Barón Ashura (también conocido como Barón Ashler) le viene al pelo.
A diario en la empresa, muchos empleados y jefes engolan la voz, básicamente, para ocultar inseguridades y llamar la atención.
El Barón Ashura era un cyborg fruto de la unión (no sabemos si amorosa o sencillamente profesional) de dos antiguas momias emperadoras Mikenes. “Los cadáveres fueron partidos a la mitad y la mitades de un hombre y una mujer se unieron dotándole de cierta vida orgánica inexplicable por el Doctor Infierno”, recuerda la Wikipedia.
Es curioso: el personaje fallece en el capítulo 78 tras estrellar su fortaleza submarina contra Mazinger Z en un ataque suicida. ¿No crees que tiene muchas similitudes con el mundo de la empresa? ¿Que los profesionales que engolan la voz pierden la ‘vida’ profesional en ataques ‘suicidas’?
Tomamos buena nota de tu postura. ¡Muchas gracias!
Ah, por cierto, como villano, nos quedamos con el duque Gorgón (mitad centurión romano y mitad tigre). Hace nada teníamos cinco años…
Rafael & Fernando 10:57 am el noviembre 26, 2009 Permalink |
Unai Olabarrieta nos ha enviado por correo electrónico esta anécdota. No tiene desperdicio:
“Podemos innovar todo lo que queramos. Es creativo, instructivo y muy reconfortante, pero desgraciadamente los españoles somos animales de costumbres y acabamos siempre igual: el misionero, a mí que me lo den todo hecho, yo me pongo, me esfuerzo poco y que me lo den todo hecho.
“En cierta ocasión en nuestra empresa realizamos unas inversiones en CADIZ, concretamente en El Puerto de Santa María, un sitio estupendo. Debíamos acometer ciertas reformas para lo que nos pusimos en contacto con diversas empresas contratistas, soy un maniático de la puntualidad, soy consciente de ello, y algún día me lo haré mirar, pero el tiempo es oro, procuro que los demás no lo pierdan por mi causa, y no me gusta perderlo, por causa de otros. Habíamos quedado con uno de los responsables de la empresa en el edificio a reformar, a las tres y media, la verdad es que es muy mala hora, pero soy de formación jurídica, y el Código de Comercio dice que cualquier hora y día es hábil para negociar(hay que reconocer que la culpa es mía, por inconsciente).
“Las tres y media, cuatro menos cuarto, las cuatro, nos subíamos por las paredes… después de mi habitual ejercicio de contención llame al contratista, para “recordarle nuestra cita”, y con una tranquilidad pasmosa me respondió “quillo, tranquilo pero si hemos “quedao” a las tres y media”. En esos momentos se me hincha una vena por la frente y me cuesta controlarme, pero lo conseguí, “hombre, las tres y media, pero de hoy de no de mañana, que son las cuatro pasadas y tengo otras cosas que hacer. “ A lo que me contesta, “leshe, que me he “despistao”, voy palla”.
“Otra media hora después aparece el quillo por allí, y me dice: “ya puedes perdonar es que después de comer me he puesto a jugar con la playstation y se me ha ido el santo al cielo”. Si el que con niños se acuesta meado se levanta, ya me lo decían los mayores. En fin, lógicamente no fue la empresa seleccionada para la obra, pero nuestras empresas necesitan un poquito más de espíritu, creatividad, por favor leamos este libro a ver si nos aporta novedades que podamos aplicar a nuestras vidas y empresas y no seamos tan rutinarios que nos vence la inercia.
Rafael & Fernando 10:59 am el noviembre 26, 2009 Permalink |
Efectivamente, en las empresas se tira siempre por la postura del misionero…
Andrés 11:37 am el noviembre 26, 2009 Permalink
Leyendo vuestra postura nº 2, la del recluta patoso, me viene a la mente un episodio que viví en mis propias carnes. Corría el año 96 o 97 (¡ya han pasado años!). En la empresa para la que trabajaba tenía un jefe tirano (era un cargo intermedio que compartía responsabilidades con otro, en el equipo del que yo formaba parte). La mayoría de las cosas que yo hacía las trataba con el otro medio-jefe. Y en alguna ocasión (cuando el otro estaba de vacaciones, librando o llegaba tarde de una comida), trataba con el tirano. Este pequeño o gran (era muy alto) Hitler tenía predilección por hacer la vida imposible a los más débiles de espíritu. Enfilaba a uno o una y le machacaba públicamente, dejándole en ridículo ante el mayor número posible de personas. Todos compartíamos una sala amplia sin barreras arquitectónicas, es decir, que cuando el tirano se cagaba en las muelas del pobre e infeliz currito débil, los demás teníamos que asistir a la ejecución. Estoy convencido (el tiempo y el intercambio de impresiones con excompañeros me lo han confirmado) de que lo hacía para ocultar sus deficiencias directivas y personales, que eran muchas. Yo tuve la suerte de no ser uno de los elegidos para servir de comida al tirano… hasta que un buen día que mi jefe-supervisor alargó los postres más de la cuenta y el tirano, en ausencia del otro, me llamó a su mesa para ¿preguntarme? por un proyecto en el que trabajaba. Creo que lo hacía para vengarse de que yo no estuviera bajo sus sucias y mugrientas botas. Me acerqué hasta su mesa y antes de que llegara empezó a dar voces y a escupir palabras inconexas por la boca. En la sala se produjo el silencio. A medida que me acercaba, su cara se ponía más roja, con riesgo de explotar. Le dejé que siguiera unos segundos más y en uno de sus silencios (para coger aire), le dije muy serenamente: “Yo también puedo gritar como tu, pero mientras no te calmes no tengo nada que hablar contigo. Aquella es mi mesa (señalándosela), cuando te calmes, si quieres hablamos”. Me di media vuelta y me fui a mi mesa a seguir trabajando con el proyecto. Confieso que cuando me senté me temblaba hasta la uña del dedo gordo de mi pie derecho, pero me quedé satisfecho. Ahora, con el tiempo, me siento orgulloso de haberle cerrado la boca al tirano sin utilizar la violencia dialéctica ni física. Desde ese momento, el tirano me ignoró y no lo volvió a intentar conmigo. Eso sí, se buscó a otro débil para machacarle públicamente. Ni que decir que no vino a hablar conmigo. Por cierto, el tipo sigue trabajando en la misma empresa. Sus superiores no ven o no quieren ver qué tipo de persona es.
Moraleja: Es mejor enfrentarse a los tiranos cuanto antes, porque cuanto más tiempo le des para machacarte, más terreno pierdes tu. Y la mejor arma para combatirles es utilizando todo lo contrario a lo que ellos usan: la tranquilidad, el sosiego, la palabra, los argumentos… Y como no están acostumbrados a ello, acaban quedándose en pelotas, les descolocas y se hunden en la mierda.
PD: Por cierto, muy interesante vuestro libro.
Benito Urzáiz 1:45 pm el noviembre 26, 2009 Permalink |
Hola amigos,
me he comprado el libro y me estoy partiendo de risa. además, es un libro de cultura general por la gran cantidad de personajes que aparecen: Faulkner, Dalí, Picasso, Pedro J…
Bueno, os paso una noticia graciosísima que acabo de leer. ¿Cómo llamaríais a esta postura? Ahí va la noticia: Isabel Gemio, engañada por un falso profesor.
La periodista pretendía entrevistar a Luis Miguel Martínez, académico y experto en televisión, pero por un error humano contactaron con un señor con el mismo nombre que suplantó la identidad del profesor.
Un hombre llamado Luis Miguel Martínez recibió una llamada por error del programa que dirige Isabel Gemio ‘Te doy mi palabra’ de Onda Cero, en lugar de aclarar que no era el profesor de la universidad complutense, con el que el programa pretendía contactar, el susodicho se prestó a contestar las preguntas de la periodista sobre la situación actual de la televisión.
Finalmente el programa consiguió contactar con Luis Miguel Martínez, profesor de la Complutense, analista de programación y coautor del informe marco de la televisión educativa en España. La entrevista duró en torno a 10 minutos. Después de la publicidad Gemio en lugar de dar paso al debate sobre la TDT, informó a sus oyentes de la equivocación y dio paso a verdadero profesor”
Saludos
Rafael & Fernando 2:03 pm el noviembre 26, 2009 Permalink |
Javier nos envía a través de http://twitter.com/javiervb la ‘postura del roles’ [sic]:
“En una empresa protesté por que no estaban claros los roles y me dijeron que sí, que eran de oro y a los 25 años de contrato”.
Y no, no es un chiste.
Monica 2:53 pm el noviembre 26, 2009 Permalink |
Hola
Pues aqui va una anécdota del principio de mi carrera. Me llamaron para una entrevista en el extranjero nada más terminar de estudiar y allá que me fuí con mas nervios que otra cosa. A la entrada de la oficina estaban los aseos pero llegaba tarde y no quise entretenerme.
En la entrevista logré mantener el tipo con el que despues se convertiría en mi primer jefe. Un inglés de pura cepa, todo educación y buenas maneras y Serio y muyyyy distante, etc. A la salida estaba como una moto pero me paré un momento en la recepción para dejar mis datos y no ví que salía de la oficina antes que yo. Nada más salir iba tan precipitada que no me fijé donde me metía con la mala suerte que me equivoqué y entre en el aseo de caballeros. Imaginad quien estaba allí. Solo, en primera linea y en fin…. Me dí literalmente de bruces y creedme que tarde en reaccionar porque los pies no se despegaban del suelo de la verguenza. Luego entré a trabajar con él y nunca mencionó el tema hasta que se marchó de la compañía. El único consejo que me dió antes de irse fué que tuviera cuidado con los WC. Todavía me suben los colores cuando me acuerdo.
Otra muy simpática fué una recepcionista italiana que teníamos en la empresa. Había dos compañeros un Eugenio y una Eugenia. Eugenia había sido mamá y estaba de baja cuando llamaron preguntando por Eugenio. La recepcionista dijo que Eugenia había “dado a la luz” o sea que había tenido un hijo. La persona que llamaba, muy amigo de Eugenio se quedó perplejo y se dedicó a llamar a todos los conocidos para darles la buena noticia. El pobre Eugenio estuvo recibiendo felicitaciones de paternidad durante una semana!!! menudo lío eso del idioma.
Felipe 5:17 pm el noviembre 26, 2009 Permalink |
Hola. Os apunto una anécdota que me pasó. Soy propenso a sufrir urticarias… de las de verdad. De esas, en las que de repente tu organismo reacciona cubriéndote todo el cuerpo de sarpullidos y ronchones. No son contagiosos. Me duran unos días y se me quitan después. Tranquilos que no soy un estigmatizado celestial, sino que me sientan mal determinados alimentos. Y como muy zoquete y muy comilón (a dosis iguales) engullo determinados alimentos que sé que no me van a sentar bien, entre ellos, el marisco. Es una debilidad que no puedo remediar. Al grano, que me pierdo. Recuerdo una vez que, tras ingerir unas navajas (no eran albaceteñas sino de las que se recolectan en el mar), me puse hecho un cristo (literal). Tenía sarpullidos desde la cabeza hasta los pies. Las erupciones iban precedidas de un calor intenso por todo el cuerpo y luego se me ponía, practicamente, toda la piel de un rojo intenso. Fuí al médico y me recetó, en primer lugar, una inyección, y luego un tratamiento para que los sarpullidos bajaran en intensidad y número. Los episodios eran: calor intenso, pigmentación de la piel y erupciones por todo el cuerpo. No olvideis este proceso. Pasadas unas horas me iban desapareciendo. El segundo día de la primera erupción, ni corto ni perezoso, me fui a trabajar en lugar de quedarme en casa, porque tenía una reunión muy importante que no podía cambiar con un cliente. Llego a la reunión y cuando llevo media hora, más o menos, empiezo a notar un calor intenso por las manos, las piernas, la nuca… Y empiezo a imaginar qué será lo siguiente. Yo miraba a mi interlocutor con cara sudorosa y su voz se me difuminaba. Dejé de escucharle y de oirle. Sólo me preocupaba lo que me estaba pasando y lo que me iba a pasar en breve. Me miré una mano y vi cómo empezaba a ponerse roja. Imagino que por la cara me pasaba lo mismo porque el calor era insoportable. Decidí entonces esconder mis manos en los bolsillos de mi chaqueta. Había que ver la escena. Qué pensaría mi interlocutor al ver a un tio con el que estás intentando cerrar un acuerdo, rojo como una gamba y con las manos metidas en los bolsillos como un pasmarote. En ese momento, me levanté de la silla, le dije que no estaba de acuerdo con las condiciones y me largué por donde había venido con tanta rapidez que seguro que todavía me está buscando el pobre. Fui un poco (bastante) estúpido, porque seguro que si le hubiera contado lo que me pasaba, lo hubiera entendido y hubiéramos pasado la reunión a otro día. Pero en ese momento pensé que si lo contaba quedaría como un panoli. Lo que es cierto es que como un panoli (o algo peor) tuve que quedar a ojos de ese buen hombre. Sinceridad, señores, ante todo sinceridad.
Rafael & Fernando 8:41 pm el noviembre 27, 2009 Permalink |
Hola, hoy nos han llegado a través del correo electrónico (recordad kamasutraenlaempresa@gmail.com) dos nuevas posturas:
La postura de Manuel:
Ahí va una que me pasó a mí. Recuerdo una vez que, estando en el paro, conseguí una entrevista de trabajo. Raudo y veloz acudí a ella con mis mejores galas. Me atendió, como filtro, la mano derecha del jefe supremo de la empresa. La entrevista fue muy bien y salí muy contento, con el trato de que volviera 1 hora después a entrevistarme con el mandamás para que diera el visto bueno a mi contratación. Recuerdo que salí más féliz que unas castañuelas. Estaba en la acera esperando a que el semáforo se pusiera en verde para cruzar. El tráfico no era muy intenso y los coches pasaban muy rápido. Un dato muy importante: había llovido durante toda la noche y había charcos en los laterales de los carriles. Y mientras esperaba, pasó un taxi a toda velocidad ajustado al borde del carril y me empapó. Me puso perdido parte del pantalón y, prácticamente, toda la chaqueta, excepto un brazo, así como la parte central de la camisa y la corbata. No era sólo agua, sino agua infecta de un color oscuro, mezcla de la suciedad de las calles y del tráfico. Aparte de jurar en arameo sobre la vida y obra del taxista en cuestión, me dije que así no podía presentarme a la entrevista con el superjefe. Busqué una tienda de ropa cerca del lugar de la entrevista y me metí a comprarme ropa. Recuerdo la cara que puso la dependienta de la tienda al verme entrar. Seguro que si le hubiera dado tiempo, hubiera echado el cierre para no dejarme entrar. Le conté lo que me había pasado y me ayudó a buscar un traje, una camisa y una corbata… y unos calcetines y, como no, unos calzoncillos (tenía agua hasta en el duodeno). Para los zapatos, la dependienta me dejó un trapo y los pude limpiar. La cosa parecía fácil, pero uno no tiene un cuerpo perfecto y buscar ropa que me encaje a la primera sin tener que arreglarla es toda una misión. Encontramos un traje que se ajustaba, más o menos, a mi cuerpo. Aunque el pantalón me quedaba un poco largo. Ni corto ni perezoso, porque lo que menos tenía era tiempo, le pedí una grapadora y me grapé los bajos del pantalón. Me vestí del todo y le pedí un último favor a la mujer: que me guardara mi ropa antigua en la tienda y luego pasaría a recoger después de la entrevista. Salí justo de tiempo a mi cita. Entré en el edificio, me metí en el ascensor y pulsé el botón del piso al que iba. Mientras subía los pisos intenté ajustarme la ropa para sentirme un poco cómodo y cuando estaba casi llegando al piso me toco el cuello de la camisa, porque había algo que me molestaba-pinchaba y descubro que no era otra cosa más que el cartón que le ponen a las camisas cuando las empaquetan. Con las prisas me lo había dejado puesto. Me lo quité como pude y lo dejé en el interior del ascensor, porque no sabía qué hacer con él. Ya en el rellano de la planta me coloqué como pude, tragé aire, cruzé los dedos para que no me ocurriera nada más y entré. Todo lo demás fue positivo, menos mal, porque sólo faltaba que me secuestrara un grupo de piratas somalíes o que fuera abducido por una nave venusiana. La empresa me contrató y en ella sigo.
La postura de Clara:
Mi historia es la siguiente: llevaba poco tiempo trabajando en mi actual compañía, que ocupaba varias plantas en un edificio de oficinas. Mi departamente estaba en la planta baja y una mañana cogí el ascensor para subir hasta la última, donde se encontraba, entre otras cosas, la máquina de los refrescos. Lo lógico es que la máquina estuviera en la planta baja para que el reponedor de productos no tuviera que subir con el carro hasta arriba. Pues nada. Subí, cogí mi lata y me bajé. Antes de que se cerrara el ascensor, entró muy efusivamente un señor bajito trajeado. Dio los buenos días y se colocó en el fondo del habitáculo. El ascensor llegó a la planta cero. Se abrieron las puertas y le invité amáblemente a que saliera él el primero. Él hizo lo mismo. Pero yo insistí. Y él también. Yo más. Y él, mucho más. La situación alcanzó tal intensidad que me puso su mano en mi hombro y, sin perder la sonrisa, me empujó a que saliera yo primero. Eso me acabó de tocar el orgullo y yo hice lo mismo. Mientras la gente que esperaba para entrar en el ascensor observaba la escena como si de un combate se tratara. Al final, respetando la edad de mi oponente (y que me estaba meando), salí del ascensor impulsado por el empujón ‘educado’ que me propinó el señor. Luego salió él y se dirigió hacia la calle. Yo le reté con mi mirada, cual macho cabrío en defensa de su territorio. Pero no hubo enfrentamiento visual. Entre los espectadores del bochornoso espectáculo había un compañero de mi departamento. Me acerqué a él y le dije: “Has visto al gilipollas-sobrao-ese, que tenía que quedar por encima de mí. Pues a mí no me gana nadie a buenos modales…” Y me pregunta sorprendido mi compañero: “¿No sabes quién era ese?”. No tenía ni idea. “Pues el consejero delegado de la compañía”. “No me jodas”, dije yo. “Pues es un poco gilipollas y un presuntuoso”, añadí. Y me dijo mi compañero: “Ya, pero no olvides que es quién te paga. Suerte tienes que sea un poco despistado y no se acordará de ti la próxima vez que te vea”. En cualquier caso, y para no poner a prueba mi suerte, desde entonces, evito subir en el ascensor con él.
Ahí me di cuenta que es fundamental conocer a la cúpula directiva de tu emnpresa, por si acaso.
Jacinto 3:17 pm el noviembre 30, 2009 Permalink |
Me contaron ayer esta historia que, parece inventada, pero que ocurrió en la realidad. Algo exagerada, puede ser. Es como sigue:
Un hombre que trabaja en una empresa, coge el teléfono y llama a recepción para hablar con el becario, y le dice:
Al otro lado del teléfono se oye una voz muy seria que dice:
El empleado todo alterado, le responde:
El presidente, sorprendido, responde:
-No.
El empleado le contesta suavemente:
patricia 11:18 am el diciembre 2, 2009 Permalink |
Trabajé hace unos años en el departamento de suscripciones de un grupo editorial, al que podremos el nombre ficticio de ‘Actuality Publicaciones’. Lo de ‘Actuality’ es inventado, pero lo de ‘Publicaciones’ es real. En fin que, como el término ‘Publicaciones’ es muy largo, en las facturas que emitíamos el nombre de la empresa quedaba reducido a ‘Actuality Pub’.
Un buen día nos llama un suscriptor para que le solucionáramos un problemón de los gordos y que se resume en lo siguiente: resulta que le había llegado un extracto bancario con un cargo con la renovación de dos de nuestras publicaciones por una determinada cantidad. Un extracto que había visto su mujer y en el que había advertido un cargo a nombre de ‘Actuality Pub’. Su mujer había pensado que era un garito de lenocinio, o algo así, y la confusión había provocado un conflicto matrimonial de los gordos.
En fin, que en aquel momento el suscriptor tenía junto a él a su mujer, y nos pedía que le aclarásemos la confusión. ¡A que es gracioso!
unai 11:59 am el diciembre 11, 2009 Permalink |
Muy bueno, PAtricia, a mi me paso una vez algo parecido trabajaba en una caja, y me vino una clienta preguntandome por unos movimientos que habia en la tarjeta de su marido, importantes, a cargo de una empresa Distribuciones noseque. Diligentemente llame a tarjetas y el compañero que me atendio despues de partirse de risa me dijo que bonita papeleta que tenia que era un conocido puticlub que utlizaba ese nombre para los cargos de tarjeta de credito.
A la buena mujer solo pude facilitarle el nombre de la empresa que constaba en el extracto y le dije que no tenia mas información que darle, porque lo desconocía, que lo mejor era que hablara con su marido para ver si el cargo era correcto. ´No se lo que paso, al dia siguiente vino a la mujer, abrio otra cuenta solo a su nombre y traspaso todo el saldo de la cuenta comun.